Identidad personal

By: Patricia González

By: Patricia González

La identidad personal alude a la forma en que las personas se ven a sí mismas en relación a otras y cómo son vistas por aquellas. El papel de la identidad de género y la clase social es muy importante en su construcción. 

Su etimología deriva del latín “idem”, “lo mismo”. Sin embargo, como elemento del desarrollo humano, y al igual que él, se trata de un proceso de creación permanente en relación a la diferencia que dura todo el ciclo vital, internalizando, aquello que nos constituye y alejando aquello que sentimos que no es propio. Esto es así, aunque ya desde el nacimiento se nos atribuyan una serie de etiquetas y características o elementos de identificación propios del género, la clase social o la etnia a la que pertenecemos, que nos condicionan a la hora de desempeñar determinados roles sociales, a la vez que nos impiden realizar otros. En cierta forma, somos formateados en supuestos lugares identitarios que nos definen. El ejemplo más directo es la identidad de género y los estereotipos asociados a ella. 

El proceso comienza, por tanto, en los primeros años y cristaliza en la adolescencia.

Así lo considera Erikson (1963), quien identifica la adolescencia como el momento clave en su construcción, ya que la persona debe interrogarse sobre sí misma: plantearse dónde está, cómo se ajusta a la sociedad, qué formación va a escoger y cuáles serán los valores humanos, religiosos y políticos que van a regir su ideología como ser y miembro activo de la sociedad a la que pertenece.

El ser humano es un ser biopsicosocial por lo que sus elecciones y, por tanto, su identidad como persona, quedarán condicionadas por sus fundamentos biológicos, sus necesidades psicológicas,  el modelado que va a ejercer sobre ella el medio cultural en el que ha crecido y se desenvuelve, así como por los grupos de pertenencia de los que ha formado y/o forma parte.  

Podemos ir afirmando pues, que el desarrollo óptimo de la identidad supone encontrar roles y espacios dentro de la comunidad que suministren un buen ajuste para las capacidades e intereses propios. Para ello, hemos de conocer el entorno social en el que nos desenvolvemos, así como las pautas de funcionamiento y comportamiento establecidas por la que se rige.

Este proceso, denominado Socialización, garantiza la supervivencia del ser social que somos. ¿De qué forma? Bien, al formar parte del grupo social recibimos protección, posibilidad de desarrollo y bienestar. Pero nada es gratis, y en contrapartida, para ser aceptados, debemos someternos a las normas del grupo y poner recursos personales al servicio de la comunidad. Adoptamos e interiorizamos las etiquetas que nos han sido atribuidas, los estereotipos y el sistema cultural establecido imitando los modelos a los que tenemos acceso a través de los agentes de socialización: la familia, la escuela, nuestros grupos de pertenencia y referencia, los medios de comunicación, internet y las redes sociales a través de la figura de los Influencers.    

Asumimos como propios en mayor o menor medida, los siguientes elementos culturales que Tylor (1871) recoge en su concepción de cultura «ese todo complejo que incluye el conocimiento, las creencias, el arte, la moral, el derecho, las costumbres, y cualesquiera otros hábitos y capacidades adquiridos por el hombre»

Ahora bien, este aparente equilibrio no es un equilibrio estático sino dinámico, puesto que la naturaleza humana, las sociedades y sus valores culturales están sometidos a una transformación constante demandando adaptaciones en  las estructuras. Un ejemplo es la aparición de la identidad digital debido al desarrollo de las Tecnologías de la Relación, la Información y la Comunicación. En consecuencia, llevaremos a cabo reformulaciones de nuestra identidad en diferentes momentos atendiendo a las circunstancias externas e internas.  

Hopkins (1987) establece tres dimensiones que hacen referencia a la identidad objetiva, la identidad subjetiva y la autoidentidad

La identidad objetiva la forman las opiniones que los demás tienen de una determinada persona. De esta forma, en muchas ocasiones, la imagen que tienen de nosotros nuestra familia, nuestros iguales, es el resultado que finalmente interiorizamos de lo que somos. Construimos nuestra identidad a partir de los mensajes que nos llegan de otras personas que son significativas para nosotros.

La identidad subjetiva hace referencia a cómo percibimos o creemos percibir cómo nos ven las y los demás.

La identificación subjetiva se produce desde edades muy temprana, lo que va a dar lugar a una fuerte interiorización de las marcas de género. 

Estas marcas de género serán asignadas desde los diferentes contextos en los que se desenvuelven los niños y las niñas, de tal forma que terminan siendo consideradas naturales y no impuestas.

Finalmente, la autoidentidad es la percepción particular que tenemos de nosotras y nosotros mismos. La autoidentidad, al igual que la madurez, son constructos idealizados que cambian constantemente ya que dependen del tipo y la calidad de las interacciones sociales, así como de las influencias de la identidad objetiva y subjetiva

Si la percepción que asumimos del exterior es semejante a la que surge de nuestras propias sensaciones internas, la identidad personal suele conformarse como una base segura y sana sobre la que construir nuestro proyecto de vida personal.

Sin embargo, cuando la imagen que nos llega del exterior no encaja con nuestra percepción puede tener lugar una lucha interna entre lo que la persona cree que es y lo que siente que es en realidad.

En estos casos, experiencias vitales críticas nos llevan a sufrir crisis de identidad.

La superación de una crisis de identidad pasa por revisar las creencias, actitudes y valores que sustentan nuestra identidad personal, borrar y reelaborar nuestra imagen personal a partir de ideas más realistas, positivas y acordes con el ser que realmente somos, dejando de ser lo que otros hacen de nosotros. 

Desindentificarse es una manera de deconstruirnos para volver a construir aquello que sentimos se ajusta más a nosotros mismos.

Por otra parte, la construcción de la identidad supone un proceso de elaboración cognitiva que forma parte de la autoafirmación personal y la autovaloración.

En este sentido y en relación a los condicionantes psicológicos que influyen en la construcción de la identidad hemos de buscar la respuesta a lo largo del proceso de desarrollo de la persona. En este sentido, debemos tratar aspectos tales como la naturaleza del autoconcepto y la autoestima.

EL AUTOCONCEPTO. El yo se caracteriza por ser un sistema complejo y dinámico de creencias, cada una con su propio valor, que un individuo mantiene acerca de sí mismo. El yo aparece cuando el bebé comienza a familiarizarse con sus propias capacidades físicas y a desarrollar un sentido de sí mismo como agente capaz de hacer que ocurran cosas, al tiempo que es capaz de comprender que él también es un objeto con una serie de características como el género, el tamaño, el nombre, y una serie de cualidades como la coordinación. Esta conciencia del yo es la clave del mí, del yo categórico.

Para comprender mejor este sistema conviene presentar la aportación de W. James (1899) cuando distingue entre dos aspectos íntimamente unidos, el yo como sujeto, como actor, conocedor (yo existencial) y el yo como objeto del conocimiento (yo categórico):

      El yo como objeto de estudio y como vivencia personal se caracteriza por los siguientes rasgos:

La función más importante del autoconcepto es regular la conducta mediante un proceso de autoevaluación a través de las distintas autopercepciones o autoesquemas (posibles yo). Actúa como un filtro del que nos servimos para seleccionar y procesar la información, integrar y organizar nuestra experiencia, regular nuestros  estados afectivos y actuar como motivador y guía de nuestro comportamiento. 

LA AUTOESTIMA. Se refiere a la evaluación que el individuo hace y mantiene habitualmente con relación a sí mismo. Expresa una actitud de aprobación o desaprobación e indica el grado en que el individuo se cree a sí mismo capaz, importante y valioso. 

Harter (1999) señala que el nivel de autoestima de cada niño es resultado en parte de la discrepancia entre lo que le gustaría ser y lo que piensa que es, un abismo entre su yo ideal y lo que percibe que es su yo real. Cuando la discrepancia es pequeña, la autoestima del niño es alta. Ahora bien, una discrepancia baja no protege al niño completamente de la baja autoestima si carece de suficiente apoyo social, al igual que una familia afectuosa y un grupo de iguales favorable no garantiza una alta autoestima si no percibe que está viviendo de acuerdo a sus propios estándares.

Estrechamente relacionado con la autoestima está también el apego, de tal forma que los niños de apego seguro comienzan enseguida a evaluarse a sí mismos más favorablemente que los niños de apego inseguro, cuyos modelos no son positivos.

Para él el niño elabora su escala de competencia percibida a partir de tres competencias o dominios: competencia cognitiva (académica), social (número de amigos) y física (deportiva), y a partir de una dimensión de nivel superior que representa la visión que tiene el niño de su valía global como persona.

En la adolescencia y, de acuerdo con Erikson (1963), los adolescentes se sienten confusos al experimentar los cambios físicos, cognitivos y sociales asociados con la pubertad.

Los padres juegan un papel crucial en el modelado de la autoestima. De ellos va a depender en gran medida que los niños construyan modelos positivos o negativos del yo.

También se presenta una relación entre atractivo físico y autoestima. La mayor parte de las investigaciones revelan que la apariencia física tiene una elevada correlación con la autoestima en general, es decir, cuanto más atractiva se ve una persona, más favorable es su autoevaluación.

Los niños con alta autoestima son expresivos, felices y relativamente libres de ansiedad, y los de baja autoestima son menos expresivos y felices y relativamente ansiosos. La relación entre estas dos variables es bidireccional.

Habiendo analizado las dimensiones social, cultural y psicológica del proceso de configuración de la identidad personal, vemos cómo esta se va construyendo, así como modificando, a partir de un proceso bidireccional de comunicación con el entorno y con nosotros mismos, siendo el lenguaje en todas sus formas (oral, escrita, icónica, kinésica o facial) y manifestaciones: artística (literatura, música, audiovisual, teatro, cine, plástica) científica y cotidiana, el medio utilizado para ello.  

La comunicación, el pensamiento, la afectividad y el nivel cultural son aspectos interrelacionados que se influyen recíprocamente.

 El lenguaje:

  • Es en sí mismo una creación cultural que establece los principios constitutivos de la identidad del individuo y de los grupos sociales. Refleja los estereotipos creados culturalmente.
  • Es nuestro principal medio de comunicación.
  • Es el instrumento estructurante del pensamiento y la acción. Un sistema de referencias abstractas que permite a la persona construir sus esquemas cognitivos, aplicar sus estrategias intelectuales y recibir informaciones.
  • Estructura y regula la personalidad y el comportamiento social. Permite intercambiar, integrar y vivir las relaciones afectivas y construir la identidad personal, la cual se manifiesta de forma directa en la personalidad, es decir, en nuestros patrones de comportamiento. Al comunicarnos con el otro nos descubrimos y nos reconocemos a nosotros mismos.
  • Es un medio de información y cultura. Es el medio por excelencia a través del cual se transmite la cultura y el medio por excelencia de identificación a un grupo social.

A través del lenguaje manifestamos nuestra identidad personal y nuestra personalidad.

Teniendo en cuenta entonces que la construcción de la identidad es un proceso que dura toda la vida y que puede ser modificada, es conveniente hacer una reflexión sobre aquellos aspectos que queremos modificar para garantizar una identidad sana, acorde con nuestras necesidades psicológicas,  independientemente de que los roles y las características que nos han sido asignados como identidad objetiva no sufran variación. 

En ese proceso de deconstrucción, es esencial realizar un análisis del lenguaje que utilizamos para garantizar, así, que sea un lenguaje positivo cargado de respeto hacia nosotras y nosotros mismos y hacia los demás.

Os invito a ver este pequeño vídeo de Elsa Punset sobre la identidad para concluir. 

 

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