Identidad de género

By: Patricia González

By: Patricia González

La identidad de género es construida por cada individuo y forma parte de la identidad personal, a la cual condiciona. Tiene que ver con cómo definimos nuestro género y cómo nos vemos a nosotros mismos en relación a él.

Vamos primero a establecer la diferencia entre sexo y género.

El sexo viene determinado por factores fisiológicos como los genitales, las hormonas y el mapa cromosómico, pudiendo ser femenino o masculino. Sería nuestro sexo anatómico.

No obstante, esta clasificación resulta un tanto simplista puesto que en relación al sexo hemos de considerar también a las personas intersexuadas, es decir, personas que tienen a la vez presencia de características sexuales masculinas y femeninas. En este último caso algunos países permiten no definir el sexo en la partida de nacimiento y otros reconocen un sexo diverso, tercero o sin identificar.

Por otro lado, se encuentra la homosexualidad. Personas de un sexo que asumen conductas de género diferentes a las atribuidas culturalmente a su sexo anatómico.

Ello nos lleva a una primera conclusión, que los genitales externos no dictan nuestro género.

Por su parte, el género se configura como una tipificación que incluye los roles y las expectativas que tiene una cultura sobre conductas, pensamientos y características que están asociadas al sexo asignado a una persona. Es decir, recoge los estereotipos asociados al sexo anatómico. Tajfel (1984) considera los  estereotipos como imágenes muy simplificadas de categorías de personas, instituciones o acontecimientos que son compartidas por grupos sociales en sus características esenciales.

El concepto de tipificación sexual se refiere a los esfuerzos que hace el grupo social por enseñar a todos los individuos las diferencias entre un rol y otro, y al proceso de aprendizaje que llevamos a cabo cuando somos niños de dicho rol. El proceso de socialización en el ámbito afectivosexual consiste en que la sociedad tipifica y los niños se tipifican como la sociedad desea.

Siguiendo la Teoría del aprendizaje social de Bandura (1977) el aprendizaje tiene lugar a través de la observación de modelos y a la imitación, dándose este segundo paso cuando existe motivación por parte del sujeto que aprende, ya sea porque los modelos son significativos para él o porque la imitación le supone algún tipo de refuerzo positivo.

Estos modelos pueden ser de distinto tipo:

Ofrecidos por las personas con las que convive y con las que tiene relación directa, son una referencia permanente y cargadas de significado afectivo: padres, hermanos, familiares, educadores, amigos.

los cuentos, libros, programas de televisión, anuncios, etc. Que transmiten mensajes sobre sexualidad y roles que el niño va integrando en su comportamiento.

Objetos como juguetes, ropas, adornos, a través de los cuales les llegan a los niños y niñas múltiples mensajes sobre el papel asignado socialmente a cada rol.

Se trata de los personajes de famosos, las estrellas de televisión, los influencers, aquellos con los que los niños y las niñas se sienten identificados y por ello son también modelos de actitudes y conductas sexuales.

Además, los niños buscan y obtienen refuerzo, saben que si se comportan como su padre o su madre desean recibirán sus manifestaciones de cariño, serán aceptados, y todo ello les proporcionará la seguridad afectiva necesaria para mantener las conductas aprendidas, dejando de realizar aquellas por las que son reprobados por sus progenitores. De esta forma se irán ajustando al rol de género que la sociedad les asigna. Los adultos, desde sus principios morales, juzgan las manifestaciones sexuales infantiles y con sus actitudes y reacciones ante las mismas influyen en las conductas sexuales de los niños. Con el tiempo, la persona asumirá su tipificación como natural sin cuestionarse que en realidad se trata de un constructo social.

Por ello, los modelos que tenga el niño, aquellos a los que observa, imita, con los que se puede identificar, aquellos con los que vive las situaciones sociales que más tarde representará en el juego son de vital importancia.

Por otro lado, a las niñas y los niños se les transmiten discursos diferentes: se les presuponen unas aficiones, unos intereses, una conducta deseable acorde a su sexo, e incluso un determinado futuro profesional.

Es este binomio sexo-cultura el que se combina para configurar la identidad de género, la cual supone la identificación de la persona con los contenidos de género, es decir, con el modelo establecido culturalmente para el hombre y la mujer. Un binomio cada vez más criticado y que comienza a ser considerado obsoleto puesto que no permite ver la complejidad de la realidad.

Vamos ahora a tomar las tres dimensiones de Hopkins (1987) que hemos tratado en el artículo sobre la identidad personal para trasladarlas a la identidad de género:

La identidad objetiva

La identidad de género ha sufrido una serie de cambios profundos ya que lo que se considera actualmente como propio de un hombre y una mujer es más complejo de lo que era hace unas décadas.

La identidad subjetiva

Hace referencia a cómo percibimos o creemos percibir cómo nos ven las y los demás.

La identificación subjetiva se produce desde edades muy tempranas, lo que va a dar lugar a una fuerte interiorización de las marcas de género.

Estas marcas de género serán asignadas desde los diferentes contextos en los que se desenvuelven los niños y las niñas, de tal forma que terminan siendo consideradas naturales y no impuestas.

La autoidentidad

Cambia constantemente ya que depende del tipo y la calidad de las interacciones sociales y de las influencias de la identidad objetiva y subjetiva. La autoidentidad  en cuanto a lo que debe ser un hombre y una mujer está constantemente cambiando, lo que conlleva que personas con una identidad personal y de género muy tipificada tengan problemas de adaptación y quieran volver a la tradición y superar la incertidumbre.

¿Cuál es el proceso que sigue el niño para adquirir su identidad de género?

A pesar de las limitaciones del pensamiento infantil, la identidad sexual y el rol de género se convierten desde los dos años en un esquema mental que condiciona sus percepciones, su interpretación de la realidad y sus conductas.

El proceso por el cual el niño va progresivamente sexualizando sus roles es largo y va ligado a sus avances cognitivos, lingüísticos, afectivos y sociales. En este proceso se le asigna un rol de género que se considera propio del mismo y que condicionará todos los aspectos de su vida.

La importancia de la identidad y rol de género es tan significativa porque regula gran parte de la conducta de las personas durante toda su vida y también porque se asigna a la mujer un rol de género que asume como parte de su identidad personal y después es discriminada por ello. Esto es así porque, aunque ha habido cambios, la tipificación sexual sigue haciéndose desde un modelo fundamentalmente androcéntrico.

Aspectos ligados a la discriminación de género como el techo de cristal, que afecta directamente a la identidad profesional femenina, y la opacidad de género están pendientes de ser superados. La desigualdad de género debe ser reconocida y no normalizada, puesto que se muestra en los indicadores de empleo, el reparto de responsabilidades domésticas, la violencia contra las mujeres, etc.  

Para ello es necesario romper con la tipificación sexual, su concreción y asignación de roles y, en consecuencia, con los estereotipos de género.

Los cambios no solo deben tener lugar a nivel social, sino que deben partir también de la reflexión personal.   

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